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  • toni364

CHOCOLATE DE LA VILA

En 1748 se introdujo el cacao en Villajoyosa, gracias a la ruta marítima Marsella-Alicante. Así un grupo de comerciantes franceses burló el monopolio español del comercio con América. Los arrieros de Villajoyosa, con sus caballerías, llevaban el cacao y todos los ingredientes necesarios a las casas de la huerta donde se hacia el chocolate. Con el paso de los años las fábricas crecieron y las familias chocolateras se independizaron de los comerciantes. En 1858 habían veintidós piedras de hacer chocolate en Villajoyosa, cinco años más tarde serían treinta y ocho.

Pedro Lloret Esquerdo nació en Villajoyosa a finales del siglo XIX. Era un aventurero, un emprendedor que no sabia leer ni escribir. El tenía un sueño y arriesgó su vida para conseguirlo. Sin saber una palabra de inglés viajó a Inglaterra y se enroló en la Marina mercante británica con el fin de ganar un dinero y prosperar. Surcó por los mares de América, África y Asia, y en sus viajes, aprendió a hablar inglés, algo de alemán y muchas otras cosas más que compensaban la valentía de dejar la comodidad de la casa en tierra firme. Finalmente su barco naufragó en el Mar del Norte, a causa de los bombardeos alemanes de la Primera Guerra Mundial. De los veintiún tripulantes del navío solo siete lograron sobrevivir. El Tio Pere no sabia nadar pero milagrosamente salvó la vida y triunfó. Volvió exitoso a Villajoyosa para cumplir su sueño: con el dinero que había ganado compró una fábrica de chocolates que nombró “Chocolates El Gallo”. En adelante, en la Vila, será conocido como El Tio Pere el Gall.

En 1936 Francisco Garcimartín, mi padre, fué evacuado de Madrid cuando sólo tenia siete años. Se refugió en la fábrica de El Tio Pere. Allí aprendió un oficio al que dedicó su vida. Garcimartín será conocido en la Vila como “Paco el Gallo, el Xocolater.”

En los primeros años 80 Toni Garcimartín salia del colegio corriendo a la fábrica, para ayudar a su padre a hacer el chocolate. Cada jueves cargábamos la furgoneta y el viernes salíamos a repartirlo. Íbamos pueblo por pueblo, tienda por tienda, se llamaban colmados o ultramarinos. Aquellos lugares desprendían un olor especial. Entre los víveres y miles de cacharros, que llegaban hasta el techo, siempre había escondida una señora de avanzada edad y mayor peso que era la dueña. Recuerdo el nombre de una de esas mujeres que nunca podré olvidar, se llamaba Dolores Fuertes de Barriga, era de un lugar de La Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme. En esos lugares mi padre me enseñó a vender chocolate. Se trataba de entrar en el colmado de manera sigilosa y educada esperando el momento oportuno para la pregunta mágica:

– ¿Quiere chocolate?

Entre tienda y tienda todo sucedía en una furgoneta vieja en la que un radiocasete, también viejo, hacia sonar las cintas que gustaban a mi padre. Recuerdo especialmente una de José Antonio Labordeta que decia:

“Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”.

Así íbamos cantando por las carreteras de la Mancha que salían de un pueblo rectas hacia el campanario del pueblo siguiente. Los campanarios guiaban a los viajeros de la tierra como los faros a los del mar. Repartiendo chocolate entre campos de trigo y cepas de vid no se podía crecer más feliz. La furgoneta olía a chocolate, mi padre olía a chocolate y toda mi vida estaba inmersa en un universo de chocolate. Jo no era consciente de que vivía en el sueño de El Tio Pere. Aquello lo había creado él, la fábrica era el fruto de sus veinte años de navegación y de soledad en mitad de los océanos. Sin saber nadar, se jugó la vida por un ideal, que yo disfrutaba como niño.

Una tarde, volvíamos de un viaje y, al pasar por San Juan de Alicante, vi que de la noche a la mañana, habían construido algo muy muy grande. Era un tipo de construcción que yo jamás había visto, con un gran espacio para los coches y un inmenso cartel: HIPER. No sé como fue, pero entendí que era un tipo de tienda moderna, al estilo americano. Al momento surgió la pregunta a mi padre:

– “¿Por qué no le vendemos chocolate a estos?”

– “Porque ellos son grandes y nosotros somos pequeños.” Respondió mi padre.

El sueño de El Tio Pere se truncó. A finales del siglo XX el sistema de producción industrial de alimentos y la distribución en grandes superficies acabaron con la fábrica de “El Gallo”. En 1997 fue definitivamente cerrada.

Por suerte, el sueño del chocolate no acabó ahí. El espíritu de El Tio Pere sigue vivo con nuevos viajes, aventuras, aprendizajes, esperanzas e ilusiones. En nuestros días Toni Garsi es la nueva marca que recupera la tradición del chocolate, para adaptarla a nuestros tiempos. Turrón a la Piedra, Chocolate con Panela y Pasta de Cacao con Pasas. Turrones y chocolates que son un placer para el paladar y un regalo para la salud. Pensados para ser los mejores, ya han recibido el espaldarazo de muchos especialistas. Otra manera de hacer las cosas es posible.

Cuidar la tierra y la salud de las personas es nuestra misión. Estamos para aprender las lecciones del pasado y mirar al futuro con esperanza. Nos adaptaremos a los nuevos tiempos y a cualquier circunstancia.


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